miércoles, 2 de mayo de 2012

La paradoja del Catolicismo Romano.


Esta semana santa reflexionaba que las grandes matanzas de inocentes en la historia de la humanidad las han hecho las religiones, como lo hizo la católica con la santa inquisición, las cruzadas y las matanzas indígenas de América, en donde además el papa Alejandro VI entregó en nombre de Dios las tierras descubiertas a Portugal y España. Una aberración para Jesús, ya que él llamaba a poner la otra mejilla y ahí se hizo justamente lo contrario, incluso aplicando castigos sin provocación alguna. Pero como esa religión no la creo Jesús, sino el emperador romano Constantino, quien hasta eligió los evangelios que quería santificar para sus cobradores de impuestos, podría tal vez comprenderse un poco la malas prácticas que esa religión ha llevado a cabo.

Como si esto no fuera suficiente, hoy nos encontramos con un informe de la ONU el cual dice que el Vaticano sigue encubriendo a pedófilos, lo cual a esta altura no es la gran novedad, la novedad es que no se ha hecho nada aún por castigar y rectificar concretamente esa práctica tremendamente aberrante, donde se vulneran todos los derechos de niños indefensos, dejándolos vulnerables y con secuelas para toda su vida. Aunque algunos dicen que no se puede culpar a todos por los actos de algunos, es inaceptable que en la Iglesia Católica, siendo una entidad constituida por hombres y mujeres (si bien orientada a lo espiritual y trascendente, pero humana, imperfecta y falible al fin), ocurran en el seno de su institución hechos contrarios a sus propios postulados e incluso violando las leyes del mundo laico, mundo en el cual tiene presencia como la más importante organización religiosa, teniendo una incidencia tremenda en los asuntos seculares, tanto políticos, educacionales, sociales, etc. Estos horrorosos hechos, expuestos hace mucho tiempo a la luz y hoy ratificado por el informe de la ONU, se tratan de hacer ver más bien como actos aislados, cometidos en oscuridad y silencio por algunos pocos sacerdotes, en limitado número de víctimas y por los cuales la propia Iglesia se encargó y se encargará de ser la primera en investigar, denunciar, corregir y reparar. No obstante, numerosos han sido los escándalos de pedofilia y abusos de menores que se han dado a conocer con mayor fuerza que nunca en los últimos meses al interior de ella, y que incluso algunos han llegado a llamar “la epidemia de las sotanas”. ¿Dónde esta el “reparo” que la Iglesia prometió, entonces?

El orbe cristiano se ha visto remecido por la gran cantidad de denuncias y por lo extenso del fenómeno, el cual trasciende fronteras y culturas en el contexto de la amplia presencia internacional de esta institución religiosa, siendo una situación aberrante que abarca muchísimo en cuanto al tiempo y a la cantidad de víctimas de estos abusos. Ante tal situación, lo primero que surge como interrogante es en cuanto a la eficacia de los mecanismos internos que posee para prevenir y detectar estas conductas. Es ampliamente reconocida la solidez que existe en la formación intelectual y espiritual del sacerdocio, avalada por siglos de desarrollo que en mucho han contribuido a lo que actualmente es el acervo cultural de occidente. Pero, ¿qué tanto ocurre con la evaluación sicológica y conductual? ¿Qué tan periódica y rigurosa es al interior de las filas católicas? Por otra parte, ante la ocurrencia de estos funestos acontecimientos, ha quedado la lamentable evidencia de la negación e impunidad promovida por las propias jerarquías eclesiásticas, las mismas que luego piden que no se hagan estigmas institucionales, actitud que agudiza el problema al tender el velo sobre los torcidos comportamientos sexuales de los clérigos involucrados, cuyo ocultamiento le sirve de fomento a esas horribles prácticas y colabora con creces a la perdida de la fe pública y de la legitimidad de la sociedad hacia esta institución milenaria.

Al parecer, los problemas que en este orden enfrentan hoy el Vaticano se encuentran en un punto crítico y sin rumbo. Más que nunca ante las incertidumbres del mundo contemporáneo y las difíciles encrucijadas que atañen a la humanidad, necesitamos una Iglesia fuerte, sólida y creíble, cuyos cimientos se asienten en la congruencia de su actuar con los postulados doctrinarios de la fe que promueve. ¿Cómo saldrá de todo esto? Dos mil años de historia y múltiples crisis, reformas y contra reformas parecen ser suficientes para creer que habrá buenos resultados. La Iglesia católica siempre ha sabido dar buena lectura a los tiempos que le ha tocado vivir, lo que me llama a creer que esta vez no será diferente y pronto tendremos una Iglesia renovada que continuará por el mundo con la digna misión pastoral que dejó Jesucristo, con su mensaje de amor y fraternidad entre los pueblos, haciendo carne con propiedad el evangelio de Cristo cuando dice: “Dejad a los niños venir a mí”, y que todos podamos confiar que los niños nunca estarán más seguros que junto a la palabra de Cristo y que se haga por fin la voluntad de Dios aquí en la Tierra.

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