Esta
semana santa reflexionaba que las grandes matanzas de inocentes en la
historia de la humanidad las han hecho las religiones, como lo hizo
la católica con la santa inquisición, las cruzadas y las matanzas
indígenas de América, en donde además el papa Alejandro VI entregó
en nombre de Dios las tierras descubiertas a Portugal y España. Una
aberración para Jesús, ya que él llamaba a poner la otra mejilla y
ahí se hizo justamente lo contrario, incluso aplicando castigos sin
provocación alguna. Pero como esa religión no la creo Jesús, sino
el emperador romano Constantino, quien hasta eligió los evangelios
que quería santificar para sus cobradores de impuestos, podría tal
vez comprenderse un poco la malas prácticas que esa religión ha
llevado a cabo.
Como
si esto no fuera suficiente, hoy nos encontramos con un informe de la
ONU el cual dice que el Vaticano sigue encubriendo a pedófilos, lo
cual a esta altura no es la gran novedad, la novedad es que no se ha
hecho nada aún por castigar y rectificar concretamente esa práctica
tremendamente aberrante, donde se vulneran todos los derechos de
niños indefensos, dejándolos vulnerables y con secuelas para toda
su vida. Aunque algunos dicen que no se puede culpar a todos por los
actos de algunos, es inaceptable que en la Iglesia Católica, siendo
una entidad constituida por hombres y mujeres (si bien orientada a lo
espiritual y trascendente, pero humana, imperfecta y falible al fin),
ocurran en el seno de su institución hechos contrarios a sus propios
postulados e incluso violando las leyes del mundo laico, mundo en el
cual tiene presencia como la más importante organización religiosa,
teniendo una incidencia tremenda en los asuntos seculares, tanto
políticos, educacionales, sociales, etc. Estos horrorosos hechos,
expuestos hace mucho tiempo a la luz y hoy ratificado por el informe
de la ONU, se tratan de hacer ver más bien como actos aislados,
cometidos en oscuridad y silencio por algunos pocos sacerdotes, en
limitado número de víctimas y por los cuales la propia Iglesia se
encargó y se encargará de ser la primera en investigar, denunciar,
corregir y reparar. No obstante, numerosos han sido los escándalos
de pedofilia y abusos de menores que se han dado a conocer con mayor
fuerza que nunca en los últimos meses al interior de ella, y que
incluso algunos han llegado a llamar “la epidemia de las sotanas”.
¿Dónde esta el “reparo” que la Iglesia prometió, entonces?
El
orbe cristiano se ha visto remecido por la gran cantidad de denuncias
y por lo extenso del fenómeno, el cual trasciende fronteras y
culturas en el contexto de la amplia presencia internacional de esta
institución religiosa, siendo una situación aberrante que abarca
muchísimo en cuanto al tiempo y a la cantidad de víctimas de estos
abusos. Ante tal situación, lo primero que surge como interrogante
es en cuanto a la eficacia de los mecanismos internos que posee para
prevenir y detectar estas conductas. Es ampliamente reconocida la
solidez que existe en la formación intelectual y espiritual del
sacerdocio, avalada por siglos de desarrollo que en mucho han
contribuido a lo que actualmente es el acervo cultural de occidente.
Pero, ¿qué tanto ocurre con la evaluación sicológica y
conductual? ¿Qué tan periódica y rigurosa es al interior de las
filas católicas? Por otra parte, ante la ocurrencia de estos
funestos acontecimientos, ha quedado la lamentable evidencia de la
negación e impunidad promovida por las propias jerarquías
eclesiásticas, las mismas que luego piden que no se hagan estigmas
institucionales, actitud que agudiza el problema al tender el velo
sobre los torcidos comportamientos sexuales de los clérigos
involucrados, cuyo ocultamiento le sirve de fomento a esas horribles
prácticas y colabora con creces a la perdida de la fe pública y de
la legitimidad de la sociedad hacia esta institución milenaria.
Al
parecer, los problemas que en este orden enfrentan hoy el Vaticano se
encuentran en un punto crítico y sin rumbo. Más que nunca ante las
incertidumbres del mundo contemporáneo y las difíciles encrucijadas
que atañen a la humanidad, necesitamos una Iglesia fuerte, sólida y
creíble, cuyos cimientos se asienten en la congruencia de su actuar
con los postulados doctrinarios de la fe que promueve. ¿Cómo saldrá
de todo esto? Dos mil años de historia y múltiples crisis, reformas
y contra reformas parecen ser suficientes para creer que habrá
buenos resultados. La Iglesia católica siempre ha sabido dar buena
lectura a los tiempos que le ha tocado vivir, lo que me llama a creer
que esta vez no será diferente y pronto tendremos una Iglesia
renovada que continuará por el mundo con la digna misión pastoral
que dejó Jesucristo, con su mensaje de amor y fraternidad entre los
pueblos, haciendo carne con propiedad el evangelio de Cristo cuando
dice: “Dejad a los niños venir a mí”, y que todos podamos
confiar que los niños nunca estarán más seguros que junto a la
palabra de Cristo y que se haga por fin la voluntad de Dios aquí en
la Tierra.